Soy un hombre
antiguo,
inadaptado,
fuera
de los modernos
estatutos,
un árbol intrincado
y torcido.
Me echaron furibundos,
por caminar con
las botas embarradas,
sobre este panteón
de mármol,
recién lustrado
por los últimos
desvelos del mundo.
Reaparecí
en el bosque,
dónde la luz
del sol
es una lámpara
de arreboles,
y en las
mañanas,
la niebla camina
descalza
sobre la hojarasca.
Por esta pasión
extravagante,
que me embriaga
con su licor
de flores,
me llaman salvaje.
De mi se
guardaron
aquellos hombres
de bien,
poniendo a salvo
su contraste;
y siguieron lustrando
el porvenir,
para no tener
imprevistos.
Yo soy el
loco ahora,
un león echado
de las calles,
que ruge en
el bosque primitivo.
Me quedé
sin la contención
de los edificios,
ni de las
multitudes apuradas:
“veloz manada
en estampida”
fermentando resignaciones,
aguantando las horas,
corriendo colectivos.
Al pie
de los cerros,
concebí mi casa,
bajo un cielo
índigo.
De mi se
han desentendido,
he quedado atrás,
como un sepulcro
olvidado.
A penas
conservo un
fuego a leña,
y el silencio
que pulsa
la cuerda de
los sueños,
vertiendo sagradas melodías,
en un circulo
de olivos.
Ve canta,
- me dijeron-
alégrate
los días tu
mismo,
ya que tienes
la sangre filosófica
de los príncipes
mendigos,
y la inútil
poesía es tu
oficio.
Nunca supieron que
mi humilde delicia
es la piedra,
la umbría fresca
de los pinos,
los pájaros azules
persuadidos
por la primavera,
el panal, la vid…
los ojos negros
de mi hembra
abriéndome camino,
y el manantial de su voz,
caprichosa,
hermanada con el río.
Mauricio Escribano.

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