Amigos de mis poemas...

martes, 17 de abril de 2012

El alta.

Estuve encerrado
en el cuadrado
de un manicomio,
y de entre todos
los locos,
yo era uno
vestido de purpura,
que se creía el Hijo de Dios.

Pero el Cristo
me gritó como a los necios
desde una nube rojinegra:
"Mira lo que has hecho,
desamparado seas
desde hoy"…

Y cuando me dieron
el alta,
gracias al furioso Milagro,
vi que era
solo un niño desnudo,
con las manos vacías,
en medio del campo…



Mauricio Escribano.

 



Lucero.

Vi la espuma fría del mar
acariciando las piedras naranjas,
arrancadas de los confines,
por las corrientes trémulas
de la noche…

Vi las nubes condensarse
al caer el crepúsculo,
como una mancha de sangre
ondulando en el aire…

Vi al mar ponerse turbio,
arremolinarse a punto nieve,
llenarse de ira y de lágrimas…

Vi a los hombres arrastrar sus botes,
guardarse en sus casas,
con un clamor silencioso
y unánime…

Vi las olas que venían hacia mí,
como un campo verde,
jadeando brumas de sal,
y pronunciando tu nombre…

Vi los besos que me dabas,
navíos errantes,
fantasmales,
llegando a esta playa lejana…

Vi tu blancura en infinitas gaviotas,
tus ojos de zafiro en la distancia profunda,
y el ardiente rubor de tus pómulos,
en la última gota de luz,
antes que el sol se hunda…

Vengo aquí todos los días
mi amor,
para verte llegar,
con la estrella de la tarde.



Mauricio Escribano.






sábado, 14 de abril de 2012

Poesía.

Al cruzar la verja desnudo,
soy una bestia
cegada por espejos.
Detrás de mis pupilas
apagadas,
he dejado tendales
de huellas y basiliscos.
Gramos de pisadas solitarias,
entre charcos pronunciados,
que reflejan cielos viejos
y perfectos.
¡Temblor de mi vida,
tu respiras bajo las lunas
del hambre más recóndito,
y relumbras sobre
cristales de escarcha!
Es allí, dónde escucho
en tu voz,
la maquinaria
de un reloj inmanente,
que marca los segundos
de mi espíritu
y las horas crudas
de mi mente.
Graznido de cuervos
sobre cables eléctricos.
Luminosa habitante
en la umbría
de mis sueños.
Te postras
en mis sombras
escarpadas,
como si quisieras alumbrarme,
arrancándome una angustia
que quizás no vale nada;
comparada con otras,
aún más desdichadas…
“Nido es el mar
para tus alas”.
Sutil, pero pesada,
con el peso
de lo contundente,
vivaz sobre tus pies infinitos...
Pobre del hombre
que no se desnude del ocaso,
para encontrar la luz
de este amor
en las grutas de su alma,
dónde brama el puñal
de los latidos,
junto al eco de sus pasos.


Mauricio Escribano.


La gran explosión.

A través de un agujero,
vi las islas de los bienaventurados
flotar en un universo paralelo…
Era el resquicio de la luz pura,
y esa luz reveladora
de maravillas inmensas,
era el amor;
todo el amor
que llevamos dentro,
esperando la gran explosión
que nos convierta en exultantes
Universos…

(Cuando el cielo se vislumbra
nos libera de las sombras)


Mauricio Escribano.


Destino.

Descoloridas excusas,
es un ir y venir,
un coma antes de morir.
Dedos en la orbita
de la ventana,
te escupe otro pretexto…
Pero se acaba el tiempo,
te llevas el teléfono
a la cama.
El solo ve una espiral
de galaxias
en el nido de sus pesadillas.
Me temo que nunca
llegaran sus manos
a bajarte las estrellas.
Pero dejó
un guante colgado
en una de ellas,
para que sepas
que alguna vez,
tuvo puntería
de viento…
Y soñó
con ser almizcle
de besos,
ungiendo constelaciones
en tus pechos.


Mauricio Escribano.


Sangre del sol.


Sangre Del Sol.


No podía dejar
de aspirar a los bosques,
nadie lo sabía,
me acurruque entre cacharros
al abrigo de la niebla,
todavía venteando
briznas de alcanfor,
en una ciudad
perdida.

Mis oídos empalmados
con los manantiales,
escucharon un graznido turbio,
y curtido en la alquimia
de las encrucijadas,
salí de los espejos,
a verterme por los bordes
de las calles,
hacia las alcantarillas.

Viaje por el drenaje
interminable,
dejando una franja roja
de sangre florecida,
que expandió sus tallos
sobre los hierros oxidados,
de las fábricas
que contaminan.

Y me volví maleza
en los Bancos de la codicia,
zurciendo un manto
de flores granates,
por donde el Espíritu
me conducía.

Goteé los adoquines
de briznas reverdecientes,
mutando en huella
las avenidas.

Abrazado a los árboles
llamé a los pájaros
peregrinos,
y meciéndome
en la grosura del trébol
me robustecía...

Hasta convertirme
en un bosque todo,
(dentro de esta carta de amor)
y dar lo que quedó
de mí
a los gorriones,
como migajas de pan
al sol…



Mauricio Escribano.


Sobre ruinas.

Era un charco de vino y flores,
una bola de luz
vomitada en la sombras,
alguien le dijo que la amaba,
y su voz... aún giraba en su cabeza
con el cuarto, que caía
como un cubo negro
en un abismo...

De pronto ella abrió sus alas
...filosas, espectaculares...
dos armazones de cartílago
en su espalda,
y se echó a volar
sobre su sangre.


Mauricio Escribano.



Preludio de amor en sombras.

Hay una sombra,
de torre
sitiando tú lecho,
veo en las grietas
del mandala,
reverberar
mi desasosiego,
buscando el manjar
de tus pechos.

Sigo tu rastro
por un laberinto
quemado,
pero se me resbala
el alma, y caigo
de todos mis sueños;
como cae el puñal
de mi sombra
sobre tus ojos
abiertos.

Me fumé los arboles
del bosque
mientras enterraba
mis mejores días,
y se amargó mi sangre
en el bar de los últimos besos.

Ya no tengo más
abrigo que esta sombra
nigromante,
que rige mi destino
a golpe de infiernos,
desleídos y distantes.

Soy como un zángano,
herido a mordiscos
de un amor indescifrable,
(tan antiguo)
que el crepúsculo
me tiene ya en un puño;
contorsionándome,
desfallecido en las alturas,
holgazán y receloso
de sufrir otra vez
el desarraigo...

(o quizás)

Es que me guste demasiado,
traicionar este miedo
a volar tu desnudez,
y profesarme enamorado.


Mauricio Escribano.

Tuyo.

Desear ser de ella,
arrinconarme
entre azucenas
como crisálida,
aposentado
sobre un mosaico
de mariposas,
ebrio de néctar.
Dejar que suceda
el oscuro goce
de ser poseído
por este amor.
Caprichoso
y callejero.
Aunque duela,
y se apaguen
las luces
a carcajadas,
descociendo abismos,
destiñendo alas.
Y en las sombras
me halle leproso,
aguardando mendrugos
de sueños rotos,
los de antes
los primeros,
cuando era uno.




Mauricio Escribano.

Mauricio Escribano.